Miércoles, Agosto 25th, 2010 at
17:50
• Siete años después, crece la importancia del Papa Luciani
• Estado actual de las investigaciones sobre una muerte oscura
• John Magee, secretario del Papa y primer testigo de su muerte. L pasado 29 de septiembre se cumplieron siete años del momento en que el padre Magee se encontró al Papa Juan Pablo I muerto, con la luz encendida y como si aún leyera. A partir de aquel momento se han presentado diversas hipótesis sobre su prematura desaparición. En la actualidad, después de estos años, puede decirse que hay una cierta coincidencia de datos, aunque no exista investigación alguna oficial. El presente pliego no pretende ser una aportación definitiva, ni situarse a nivel de los best sellers sensacionalistas, sino ofrecer una postura muy respetable de un hombre de Iglesia, el sacerdote Jesús López Sáez, que trabaja en el Departamento de Catequesis de Adultos de la Conferencia Episcopal. Jesús López cuida especialmente, sobre todo en la segunda parte de este pliego, de situar el problema en la historia de la Iglesia y de revalorizar la figura del breve y misterioso Papa Luciani. Mientras, la incógnita Juan Pablo I sigue abierta a nuevas aportaciones, que ojalá algún día estén refrendadas por una seria investigación jurídica…
El testimonio de Albino Luciani, Papa Juan Pablo I, es una esplendorosa luz de nuestro tiempo que ha de colocarse, no bajo el celemín, sino sobre el candelero, aunque con ello aparezcan también desconchados y grietas de la casa. La muerte de Juan Pablo I y su significado es algo que no debe olvidarse. A la hora de hacer examen del momento presente de la Iglesia. Todo lo que en su día se quiso enterrar con su cuerpo, está apareciendo de diversas formas ante la conciencia de la Iglesia y del mundo. Los padres sinodales deberían, valientemente, tenerlo en cuenta, porque está en juego la relación de la Iglesia consigo misma, con el mundo, y por supuesto, con Dios. Hoy día, si se quiere conocer la verdad, hay datos suficientes, que ningún juzgado del mundo despreciaría, que además son de dominio público y que revelan a Juan Pablo I como mártir de la purificación y renovación de la Iglesia.
Ciertamente, entre el estupor y la sorpresa de su muerte, corrió el rumor de que Juan Pablo I no había muerto de forma natural. El rumor se avivó ante la negativa vaticana a hacer la autopsia. Pero faltaban datos concretos y, sin ellos, no se podía aceptar una afirmación tan grave. Para muchos cristianos y, especialmente, muchos eclesiásticos, todavía sigue siendo un bulo, del que ni siquiera quieren oír hablar. Sencillamente les parece increíble. Siguen dando por bueno aquel comunicado oficial, con el cual se despacho el asunto:
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